En 1919 el astrónomo Arthur Eddington aprovechó un eclipse solar total para tomar mediciones que confirmaron una de las predicciones de la teoría de la relatividad de Albert Einstein: que las grandes masas como la del Sol eran capaces de curvar la luz. La repercusión mundial de aquella revolución científica convirtió al alemán en una superestrella.
“Einstein alcanzó la fama mundial el 7 de noviembre de 1919”, dice un estudio de la Universidad de Cambridge publicado en 2021, como si la popularidad de Albert Einstein hubiese sido algo repentino. Y lo cierto es que, por encima de sus geniales contribuciones, lo que hizo del alemán el científico más conocido de todos los tiempos fue un episodio concreto: la confirmación de su teoría revolucionaria para la física de entonces gracias a un eclipse de sol que tuvo lugar el 29 de mayo de 1919.
Los eclipses solares han acompañado a la humanidad desde antiguo, pasando con el transcurrir de los siglos desde el terreno de la magia y la superstición al del conocimiento científico. A lo largo de épocas y eras, algunos se han ganado una notoriedad histórica, como el primero registrado por escrito, en 1223 a.C. en Ugarit (Siria); el que recogió el libro bíblico de Josué en 1207 a.C.; el que se dice predijo Tales de Mileto en 585 a.C.; el que sirvió a Hiparco de Nicea para calcular la distancia de la Tierra a la Luna en el 129 a.C.; o el que en 1868 permitió a Jules Janssen descubrir el helio solar.
Pero a juicio del profesor emérito de la Universidad de Tennessee Mark Littmann, coautor del libro Totality: The Great North American Eclipse of 2024 (Oxford University Press, 2023) y otras obras sobre eclipses solares, “en cuanto a las mayores contribuciones de los eclipses a la ciencia, la principal tendría que ser el eclipse total de sol de 1919 que demostró la curvatura de la luz de las estrellas, confirmando así la teoría general de la relatividad de Einstein de 1916”.
En la década de 1910, Einstein había alcanzado entre sus colegas las más altas cotas de renombre y prestigio que cualquier científico podría desear. Su reputación se había cimentado en 1905, el que hoy se conoce como annus mirabilis o año milagroso, en el que publicó cuatro estudios en la revista Annalen der Physik sobre el efecto fotoeléctrico, el movimiento browniano —movimiento aleatorio de partículas—, la relatividad especial y su consecuencia en forma de la muy conocida ecuación de equivalencia entre masa y energía, E = mc2.
Aquel 29 de mayo el mal tiempo amenazó el éxito de Eddington y Cottingham, pero a la postre ambas expediciones cumplieron su objetivo, captando imágenes que permitieron medir las posiciones reales y aparentes de unas 13 estrellas en la constelación de Tauro. Meses después, el 6 de noviembre, los resultados se presentaron ante una expectante audiencia conjunta de la Royal Society y la Royal Astronomical Society. El veredicto fue inequívoco: la gravedad del Sol desviaba la luz. Einstein estaba en lo cierto, y la teoría general de la relatividad había aprobado su primer gran examen.
Einstein inmortal
Al día siguiente de la reunión, el diario londinense The Times le concedió la resonancia debida con un impactante titular: “Revolución en la ciencia / Nueva teoría del universo / Las ideas newtonianas, derribadas”. El texto citaba al presidente de la Royal Society, Joseph John Thomson, quien valoró el hallazgo como “uno de los pronunciamientos más trascendentales, si no el más trascendental, del pensamiento humano”. Cowen apunta que “la noticia disparó una reacción en cadena alrededor del globo”: tres días después, al otro lado del Atlántico, The New York Times titulaba: “La luz doblada en el cielo / La teoría de Einstein triunfa”.

